“OVEJAS DEL BUEN PASTOR”

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Por Alejandra Ma Sosa E

 

¿Has tenido algún encuentro cercano con un rebaño de ovejas?

 

Y no me refiero a partidarios de ningún partido político, sino a ovejas de a de veras, de esas blanquitas, algodonosas, que balan (no de echar bala sino de hacer beeeeee).

 

Lo más probable es que, si vives en la ciudad, respondas que no, que lo más cerca ha sido verlas a través del cristal de un vehículo en movimiento, como parte pintoresca de un paisaje de carretera (¡¡mira!!, ¡¡qué bonitos los borreguitos!!).

 

Pero no te sientas mal, en tu caso estamos muchos y no pasa nada, excepto cuando se proclama el Evangelio de este domingo en Misa (ver Jn 10, 11-18). Entonces sí nuestra ignorancia no nos deja comprender cabalmente a qué se refiere Jesús cuando dice: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11).

 

Para ayudarnos en ese sentido recuerdo que un padre contaba que conoció a una familia cuyo hijo era pastor, y sucedió que un día el muchacho se fue a la capital del estado a estudiar, pero a los pocos días su papá lo llamó para pedirle que regresara porque desde su partida las ovejitas estaban todas ‘destanteadas’, no querían comer, no obedecían al nuevo muchacho que las cuidaba y al papá le preocupaba que se enfermaran y murieran. Así que el joven aquel tuvo que regresar para pasar un buen tiempo ayudando a las ovejitas a acostumbrarse a la voz y a los silbidos del nuevo pastor.

 

Explicaba el padre que a quien no convive con las ovejas todas le parecen iguales, pero no al pastor. Él distingue a cada una, conoce sus características, sabe qué cuidado especial necesita, cuál es más lenta o más traviesa o tiende más a extraviarse o se enferma más seguido.

 

Y a cada una le da lo que le hace falta. Entre él y ellas hay una convivencia intensa, diaria. Desde temprano las conduce a pastar; como ellas no beben agua corriente (no como sinónimo de barata sino de que corre, es decir, agua de río), por temor a ser arrastradas, él tiene que excavar un hueco cerca de un río y llenarlo de agua o encontrar un manantial o cuando menos un charco para que ellas puedan acercarse a beber (es que, por paradójico que parezca, el agua de charco no es corriente).

 

Y si cuando están cargadas de lana se caen y no tienen fuerza para levantarse, él usa su cayado (ese bastón largo con una curva en la parte superior) para ayudarlas a incorporarse. Y no sólo las pastorea todo el día sino que las protege de noche, descansando entre ellas que, sin saberlo le corresponden cobijándolo con su mullida suavidad y calor.

 

Todo lo anterior contribuye a que entre el pastor y las ovejas se vaya creando un lazo muy especial, de total confianza y dependencia por parte de ellas, y de total atención y afecto por parte de él.

 

Saberlo nos permite, ahora sí, comprender, y más aún, estremecernos, cuando Jesús afirma reiteradamente que Él es el Buen Pastor y cuando ofrece como pruebas irrefutables de ello, que da la vida por Sus ovejas (ver Jn 10,11), que las conoce y que ellas lo conocen a Él (ver Jn 10,14 ). Consideremos lo que significan cada una de estas tres razones.

 

Que da la vida por Sus ovejas

 

Jesús ha dicho que no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos (ver Jn 15,13). Y San Pablo nos ha hecho notar que la prueba de que Jesús nos ama es que dio la vida por nosotros pecadores que no lo merecíamos (ver Rom 5,8).

 

Y quizá cabe entender esto no sólo en el sentido de morir sino también en el de darnos como regalo la vida eterna. ¡En verdad Jesús es el Buen Pastor que quiere tener consigo a Su rebaño para siempre!

 

Que conoce a Sus ovejas

 

En la Biblia el verbo ‘conocer’ no se refiere a un conocimiento superficial, ‘de vista’, sino a una relación personal, íntima. Al decir que conoce a Sus ovejas se refiere a que tiene con nosotros una relación así, una cercanía total, que distingue a cada uno y le dedica todo Su interés, toda Su atención, todo Su amor; que sabe y se interesa por todo lo que nos pasa, por todo lo que te pasa; que está siempre al pendiente e interviene eficaz y oportunamente en todo para bien.

 

Que ellas lo conocen a Él

 

Aunque ellas sólo conocen de él su voz y el sonido de sus pasos, en el toque de Sus manos y la firmeza de su cayado perciben que las cuida y eso les basta para seguirlo, para dejarse conducir por Él.

 

No es casualidad que en estos días en que estamos viviendo una situación muy difícil, la Palabra, como siempre viva y eficaz, nos recuerde que somos ovejas del Buen Pastor, de Aquel que nos ha amado hasta dar la vida, y que aunque en estos momentos nos sintamos quizá un poco perdidos y asustados no debemos desesperar pues Él jamás nos abandona.

Ya lo dijo el salmista:

 

“El Señor es mi pastor

nada me falta.

En verdes praderas me hace recostar,

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas.

Aunque camine por cañadas oscuras

nada temo,

porque Tú vas conmigo,

Tu vara y tu cayado me dan seguridad.” (Sal 23, 1-4).