La Cruz de cada día es una gran oportunidad de purificación, de desprendimiento y de aumento de gloria

0
217

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ*
Fiesta

— Origen de la fiesta.

— El Señor bendice con la Cruz a quienes más ama.

— Los frutos de la Cruz.

I. Por la Pasión de Nuestro Señor, la Cruz no es un patíbulo de ignominia, sino
un trono de gloria. Resplandece la Santa Cruz, por la que el mundo recobra la
salvación. ¡Oh Cruz que vences! ¡Cruz que reinas! ¡Cruz que limpias de todo
pecado! Aleluia.

La fiesta que hoy celebramos tiene su origen en Jerusalén en los primeros
siglos del Cristianismo. Según un antiguo testimonio, se comenzó a festejar en el
aniversario del día en el que se encontró la Cruz de Nuestro Señor. Su celebración se
extendió con gran rapidez por Oriente y poco más tarde a la Cristiandad entera. En
Roma tuvo gran solemnidad la procesión que, antes de la Misa, para venerar la Cruz, se dirigía desde Santa María la Mayor a San Juan de Letrán.

A principios del siglo VII los persas saquearon Jerusalén, destruyeron muchas
basílicas y se apoderaron de las sagradas reliquias de la Santa Cruz, que serían
recuperadas pocos años más tarde por el emperador Heraclio. Cuenta una piadosa
tradición que cuando el emperador, vestido con las insignias de la realeza, quiso
llevar personalmente el Santo Madero hasta su primitivo lugar en el Calvario, su peso
se fue haciendo más y más insoportable. Zacarías, Obispo de Jerusalén, le hizo ver
que para llevar a cuestas la Santa Cruz debería despojarse de las insignias imperiales
e imitar la pobreza y la humildad de Cristo, que se había abrazado a ella desprendido
de todo. Heraclio vistió entonces unas humildes ropas de peregrino y, descalzo, pudo
llevar la Santa Cruz hasta la cima del Gólgota.

Es posible que desde niños aprendiéramos a hacer el signo de la Cruz en la
frente, en los labios y en el corazón, en señal externa de nuestra profesión de fe. En
la Liturgia, la Iglesia utiliza el signo de la Cruz en los altares, en el culto, en los
edificios sagrados. Es el árbol de riquísimos frutos, arma poderosa, que aleja todos
.los males y espanta a los enemigos de nuestra salvación: Por la señal de la Santa
Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, pedimos todos los días al signarnos. La
Cruz enseña un Padre de la Iglesia «es el escudo y el trofeo contra el demonio. Es el
sello para que no nos alcance el ángel exterminador, como dice la Escritura (cfr. Ex
9, 12). Es el instrumento para levantar a los que yacen, el apoyo de los que se
mantienen en pie, el bastón de los débiles, la guía de quienes se extravían, la meta
de los que avanzan, la salud del alma y del cuerpo, la que ahuyenta todos los males,
la que acoge todos los bienes, la muerte del pecado, la planta de la resurrección, el
árbol de la vida eterna».

El Señor ha puesto la salvación del género humano en
el árbol de la Cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la Vida,
y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido.

La Cruz se presenta en nuestra vida de muy diferentes maneras: enfermedad,
pobreza, cansancio, dolor, desprecio, soledad… Hoy podemos examinar en nuestra
oración nuestra disposición habitual ante esa Cruz que se muestra a veces difícil y
dura, pero que, si la llevamos con amor, se convierte en fuente de purificación y de
Vida, y también de alegría. ¿Nos quejamos con frecuencia ante las contrariedades?
¿Damos gracias a Dios también por el fracaso, el dolor y la contradicción? ¿Nos
acercan a Dios estas realidades, o nos separan de Él?.

II. La Primera lectura de la Misa nos narra cómo el Señor castigó al Pueblo
elegido por murmurar contra Moisés y contra Yahvé, al experimentar las dificultades
del desierto, enviándole serpientes que causaron estragos entre los israelitas. Cuando
se arrepintieron, el Señor dijo a Moisés: Haz una serpiente de bronce y ponla por
señal; el herido que la mirare, vivirá. Hizo, pues, Moisés una serpiente de bronce
y la puso por señal, y los heridos que la miraban eran sanados. La serpiente de
bronce era signo de Cristo en la Cruz, en quien obtienen la salvación los que lo miran.
Así lo expresa Jesús en su conversación con Nicodemo, recogida en el Evangelio:
Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado
el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él. Desde
entonces, el camino de la santidad pasa por la Cruz, y cobra sentido algo tan falto de
él como es la enfermedad, el dolor, la pobreza, el fracaso…, la mortificación
voluntaria. Es más, Dios bendice con la Cruz cuando quiere otorgar grandes bienes
a un hijo suyo, al que trata entonces con particular predilección.

Muchas personas huyen de la Cruz de Cristo como en desbandada, y se alejan de
la alegría verdadera, de la eficacia sobrenatural que llena el corazón, de la misma
santidad; huyen de Cristo. Llevémosla nosotros sin rebeldía, sin quejas, con amor.
«¿Estás sufriendo una gran tribulación? -¿Tienes contradicciones? Di, muy
despacio, como paladeándola, esta oración recia y viril:
»“Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y
amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén”.
»Yo te aseguro que alcanzarás la paz».

III. Cruz fiel, tú eres el árbol más noble de todos; ningún otro se te puede
comparar en hojas, en flor, en fruto.

El amor a la Cruz produce abundantes frutos en el alma. En primer lugar, nos
lleva a descubrir enseguida a Jesús, que nos sale al encuentro y toma lo más pesado
de la contradicción y lo carga sobre sus hombros. Nuestro dolor, asociado al del
Maestro, deja de ser el mal que entristece y arruina, y se convierte en medio de unión
con Dios. «Si sufres, sumerge tu dolor en el suyo: di tu Misa. Pero si el mundo no
comprende estas cosas, no te turbes; basta con que te comprendan Jesús, María, los
santos. Vive con ellos y deja que corra tu sangre en beneficio de la humanidad:
¡como Él!».

La Cruz de cada día es una gran oportunidad de purificación, de
desprendimiento y de aumento de gloria. San Pablo enseñaba con frecuencia a
los cristianos que las tribulaciones son siempre breves y llevaderas, y el premio de
esos sufrimientos llevados por Cristo es inmenso y eterno. Por eso el Apóstol se
gozaba en sus tribulaciones, se gloriaba de ellas y se consideraba dichoso de poder
unirlas a las de Cristo Jesús y completar así su Pasión para bien de la Iglesia y de las
almas [13]. El único dolor verdadero es alejarnos de Cristo. Los demás padecimientos
son pasajeros y se tornan gozo y paz: «¿No es verdad que en cuanto dejas de tener
miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en
aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los
sufrimientos físicos o morales?.

San Josemaría Escrivá, Camino, n. 691. 10 Himno Crux fidelis. 11 Ch. Lubich, Meditaciones, Ciudad Nueva, Madrid 1989, p. 32. 12 Cfr. A. Tanquerey, La divinación del sufrimiento, Rialp, Madrid 1955, p. 18. 13 Cfr. Rom 7, 18; Gal 2, 19-20; 6, 14; etc.
»Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las
penas; solo la alegría de saberse corredentores con Él».

El trato y la amistad con el Maestro nos enseñan, por otra parte, a ver y a llevar
con una disposición joven, decidida, alejada de la tristeza y de la queja, las
dificultades que se presentan. Las veremos, igual que han hecho los santos, como un
estímulo, un obstáculo que es preciso saltar en esta carrera que es la vida. Este
espíritu alegre y optimista, incluso en los momentos difíciles, no es fruto del
temperamento ni de la edad: nace de una profunda vida interior, de la conciencia
siempre presente de nuestra filiación divina. Esta disposición serena, optimista,
creará en toda circunstancia un buen ambiente a nuestro alrededor en la familia, en
el trabajo, con los amigos… y será un gran medio para acercar a otros al Señor.

Terminamos nuestra oración junto a Nuestra Señora. «“Cor Mariae
perdolentis, miserere nobis!” invoca al Corazón de Santa María, con ánimo y
decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los
hombres de todos los tiempos.

»Y pídele para cada alma que ese dolor suyo aumente en nosotros la aversión
al pecado, y que sepamos amar, como expiación, las contrariedades físicas o
morales de cada jornada».

La devoción y el culto a la Santa Cruz, donde Cristo dio su vida por nosotros,
se remonta a los mismos comienzos del Cristianismo. En la Liturgia se tiene
constancia desde el siglo iv. La Iglesia conmemora hoy el rescate de la Cruz del
Señor por obra del emperador Heraclio en su victoria sobre los persas. En los textos
de la Misa y de la Liturgia de las Horas la Iglesia canta con entusiasmo a la Santa
Cruz, pues fue el instrumento de nuestra salvación; si el árbol a cuya sombra pecaron
de desobediencia nuestros primeros padres fue causa de perdición, el Árbol de la
Cruz es el origen de nuestra salvación eterna.