Cuesta entender la calumnia o la persecución, en una época en la que se habla tanto de tolerancia

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PAZ EN LA CONTRADICCIÓN

— No deben sorprendernos las incomprensiones y adversidades que surjan por
seguir a Cristo. Junto a Él, el dolor se torna gozo.

— La «contradicción de los buenos».

— Frutos de las incomprensiones.

I. El Señor anuncia en diversas ocasiones que quien aspire a seguirle de verdad,
de cerca, tendrá que hacer frente a las acometidas de quienes se muestran como
enemigos de Dios e incluso de quienes, siendo cristianos, no viven en coherencia con la fe. En su camino hacia la santidad, el cristiano encontrará a veces un clima de hostilidad, que el Señor no dudó en llamar con una palabra dura: persecución.

En la última de las bienaventuranzas recogida por San Lucas en el Evangelio de la Misa, nos dice Jesús: Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando
os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del
Hijo del Hombre. Y no hemos de pensar que esta persecución, en las diferentes
formas en que puede presentarse, es algo excepcional, que se dará en unas épocas
especiales o solo en lugares determinados: No es el discípulo más que el Maestro –
anunció Jesús-, ni el siervo más que su Señor. Si al amo de la casa le han llamado
Beelzebú, cuánto más a los de su casa . Y San Pablo prevenía así a Timoteo: Y
todos aquellos que quieran vivir piadosamente según Cristo Jesús, han de padecer
persecución.

Pero la persecución no quiere decir desgracia, sino bienaventuranza, alegría y
dicha, porque es resello de autenticidad en el seguimiento de Cristo, de que las
personas y las obras van por buena senda. No deben quitarnos la paz ni deben
sorprendernos las contrariedades que surjan en nuestro camino. Si alguna vez permite
el Señor que sintamos el dolor de la persecución abierta –la calumnia, la
difamación…–, o aquella otra más solapada –la que emplea como armas la ironía que
trata de ridiculizar los valores cristianos, la presión ambiental que pretende
amedrentar a quienes se atreven a mantener una visión cristiana de la vida y les
desprestigia ante la opinión pública–, hemos de saber que es una ocasión permitida
por el Señor, para que nos llenemos de frutos, pues, como decía un mártir mientras
se dirigía a la muerte, «donde mayor es el trabajo, allí hay más rica ganancia».

Entonces deberemos agradecer al Señor esa confianza que ha tenido con nosotros al
considerarnos capaces de padecer algo –poca cosa será– por Él. Imitaremos, aunque
a mucha distancia, a los Apóstoles, que después de haber sido azotados por predicar
públicamente la Buena Nueva salieron gozosos de la presencia del Sanedrín, porque
habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús. No se callaron
en su apostolado, sino que predicaban a Jesús con más fervor y alegría. Tampoco
nosotros debemos callar: la oración ha de ser entonces más intensa y mayor la
preocupación por las almas. Es bueno acordarse en esos momentos de las palabras
del Señor: Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa es
grande en el Cielo.

Junto a Cristo, el dolor se torna gozo: «Es mejor para mí, Señor, sufrir la
tribulación, con tal de que tú estés conmigo, que reinar sin ti, disfrutar sin ti,
gloriarme sin ti. Es mejor para mí, Señor, abrazarme a ti en la tribulación, tenerte
conmigo en el horno de fuego, que estar sin ti, aunque fuese en el mismo Cielo. ¿Qué
me importa el Cielo sin ti?; y contigo, ¿qué me importa la tierra?».

II. También el Señor nos alerta en el Evangelio de la Misa: ¡Ay cuando los
hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres
con los falsos profetas! La fe, cuando es auténtica, «derriba demasiados intereses
egoístas para no causar escándalo». Es difícil, quizá imposible, ser buen cristiano
y no chocar con un ambiente aburguesado y cómodo, y frecuentemente pagano.

Hemos de pedir continuamente la paz para la Iglesia y para los cristianos de todos
los países, pero no debe extrañarnos ni asustarnos si nos llega la resistencia del
ambiente a la doctrina de Cristo que queremos dar a conocer, las difamaciones, las
calumnias… El Señor nos ayudará a sacar frutos abundantes de estas situaciones.
Cuando San Pablo llegó a Roma, le dicen los judíos que viven allí, al referirse
a la Iglesia naciente: de esta lo único que sabemos es que por todas partes sufre
contradicción. Al cabo de veinte siglos vemos en la historia reciente o en el
momento actual cómo en diversos países han sufrido martirio miles de buenos
cristianos –sacerdotes y laicos– a causa de su fe, o se ven impedidos o discriminados
por sus creencias, o son marginados de cargos públicos o puestos de enseñanza por
5 San Ignacio de Antioquía, Carta a San Policarpo de Esmirna, 1. 6 Hech 5, 41. 7 San Bernardo, Sermón 17. 8 G. Chevrot, Las Bienaventuranzas, p. 234. 9 Hech 28, 22.
ser católicos, o encuentran dificultades para que sus hijos reciban la enseñanza de la
doctrina cristiana. Otras veces es el mismo ambiente opresivo que considera la
religión como un arcaísmo, mientras que «la modernidad y el progreso» son
concebidos como la liberación de cualquier idea religiosa.

Cuesta entender la calumnia o la persecución –abierta o solapada– en una
época en la que se habla tanto de tolerancia, de comprensión, de convivencia y de
paz. Pero son más difíciles de entender las contradicciones cuando llegan de hombres
«buenos»; cuando el cristiano persigue –no importa el modo– al cristiano, y el
hermano al hermano. El Señor previno a los suyos para esos momentos en los que
quienes difaman, calumnian o entorpecen la labor apostólica no son paganos, ni
enemigos de Cristo, sino hermanos en la fe que piensan que con ello hacen un
servicio a Dios. «La contradicción de los “buenos” –la expresión la acuñó el
Fundador del Opus Dei, que la experimentó dolorosamente en su vida– es prueba
que Dios permite alguna vez y que resulta particularmente penosa para el cristiano
a quien le toca en suerte. Sus motivos suelen ser apasionamientos demasiado
humanos que pueden torcer el buen juicio y la limpia intención de hombres que
profesan la misma fe y forman el mismo Pueblo de Dios. Hay a veces celos en vez de
celo por las almas, emulación indiscreta que mira con envidia y considera como un
mal el bien hecho por otros. Puede haber también dogmatismo estrecho que rehúsa
reconocer a los demás el derecho a pensar de maneras distintas en materias dejadas
por Dios al libre juicio de los hombres (…). La contradicción de los “buenos” (…)
suele manifestarse en desamor hacia algunos hermanos en la fe, oposición larvada
a sus labores y crítica destructiva».

En cualquier caso, la postura del cristiano que quiere ante todo ser fiel a Cristo
ha de ser la de perdonar, desagraviar y actuar con rectitud de intención, con la mirada
puesta en Cristo. «No esperes por tu labor el aplauso de las gentes.

»—¡Más!: no esperes siquiera, a veces, que te comprendan otras personas e
instituciones, que también trabajan por Cristo.

»—Busca solo la gloria de Dios y, amando a todos, no te preocupe que otros
no te entiendan».

III. De las contradicciones hemos de sacar mucho fruto. «Se había desatado
la persecución violenta. Y aquel sacerdote rezaba: Jesús, que cada incendio
sacrílego aumente mi incendio de Amor y Reparación» [13]. No solo no deben
hacernos perder la paz ni ser causa de desaliento o de pesimismo, sino que han de
servirnos para enriquecer el alma, para ganar en madurez interior, en fortaleza, en
caridad, en espíritu de reparación y de desagravio, en comprensión.

Ahora y en esos momentos difíciles que, sin ser habituales, pueden presentarse
en nuestra vida, nos harán mucho bien aquellas palabras pacientes y serenas de San
Pedro dirigidas a los cristianos de la primera hora cuando padecían calumnias y
persecución: Mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que
padecer haciendo el mal.

El Señor se valdrá de esas horas de dolor para hacer el bien a otras personas:
«Algunas veces llama por los milagros, otras por los castigos, algunas por las
prosperidades de este mundo, y, por último, en otras ocasiones llama por las
adversidades».

En toda situación tendremos siempre motivos para estar alegres y ser
optimistas, con el optimismo que nace de la fe y de la oración confiada. «El
Cristianismo ha estado demasiadas veces en lo que parecía un fatal peligro, como
para que ahora nos vaya a atemorizar una nueva prueba (…). Son imprevisibles las
vías por las que la Providencia rescata y salva a sus elegidos. A veces, nuestro
enemigo se convierte en amigo; a veces se ve despojado de la capacidad de mal que
le hacía temible; a veces se destruye a sí mismo; o, sin desearlo, produce efectos
beneficiosos, para desaparecer a continuación sin dejar rastro. Generalmente la
Iglesia no hace otra cosa que perseverar, con paz y confianza, en el cumplimiento
de sus tareas, permanecer serena, y esperar de Dios la salvación».

Los momentos en que encontremos dificultades y contradicciones –sin
exagerarlas– son particularmente propicios para ejercitar una serie de virtudes:
debemos pedir por aquellos que –quizá sin saberlo– nos hacen mal, para que dejen
de ofender a Dios; desagraviar al Señor, siendo más fieles en nuestros deberes
cotidianos; hacer un apostolado más intenso; proteger con caridad delicada a aquellos
hermanos «débiles» en la fe que por su edad, por su menor formación o por su
especial situación, podrían recibir un mayor daño en su alma.

La Virgen Nuestra Madre, que nos ayuda en todo momento, nos oirá
particularmente en los más difíciles. «Dirígete a la Virgen –Madre, Hija, Esposa de
Dios, Madre nuestra–, y pídele que te obtenga de la Trinidad Beatísima más
gracias: la gracia de la fe, de la esperanza, del amor, de la contrición, para que,
cuando en la vida parezca que sopla un viento fuerte, seco, capaz de agostar esas
flores del alma, no agoste las tuyas…, ni las de tus hermanos».