LA ASUNCIÓN DE SANTA MARÍA VIRGEN

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Solemnidad

— María, asunta en cuerpo y alma a los Cielos. Contemplación del cuarto
misterio glorioso del Santo Rosario.

— Desde el Cielo, la Virgen Santísima intercede y cuida de sus hijos.

— La Asunción de Nuestra Señora, esperanza de nuestra resurrección gloriosa.

I. Pondré enemistad entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo. Aparece
así la Virgen Santa María asociada a Cristo Redentor en la lucha y en el triunfo sobre
Satanás. Es el plan divino que la Providencia tenía preparado desde la eternidad para
salvarnos. Este es el anuncio del primer libro de la Sagrada Escritura, y en el último
volvemos a encontrar esta portentosa afirmación: Apareció en el cielo una gran
señal: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellaS.

Es la Virgen Santísima, que entra en cuerpo y alma en el Cielo al terminar su
vida entre nosotros. Y llega para ser coronada como Reina del Universo, por ser
Madre de Dios. Prendado está el rey de tu belleza , canta el Salmo responsorial.

El Apóstol San Juan, que seguramente fue testigo del tránsito de María el
Señor se la había confiado, y no iba a estar ausente en esos momentos…, nada nos
dice en su Evangelio de los últimos instantes de Nuestra Madre aquí en la tierra. El
que con tanta claridad y fuerza nos habló de la muerte de Jesús en el Gólgota calla
cuando se trata de Aquella de quien cuidó como a su madre y como a la Madre de
Jesús y de todos los hombres. Exteriormente, debió de ser como un dulce sueño:
«salió de este mundo en estado de vigilia», dice un antiguo escritor, en plenitud
de amor. «Terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la
gloria celestial» . Allí la esperaba su Hijo, Jesús, con su cuerpo glorioso, como
Ella lo había contemplado después de la Resurrección. Con su divino poder, Dios
asistió la integridad del cuerpo de María y no permitió en él la más pequeña
alteración, manteniendo una perfecta unidad y completa armonía del mismo.

Consiguió Nuestra Señora, «como supremo coronamiento de sus prerrogativas,
verse exenta de la corrupción del sepulcro y, venciendo a la muerte como antes la
1 Gen 3, 15. 2 Antífona de entrada. Apoc. 12, 1. 3 Salmo responsorial. Sal 44, 12. 4 M. D. Philippe, Misterio de María, Rialp. Madrid 1986, p. 52. 5 San Germán de Constantinopla, Homilías sobre la Virgen, I. 6 Pío XII, Const. Munificentissimus Deus, 1-XI-1950.
había vencido su Hijo, ser elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial». Es
decir, la armonía de los privilegios marianos postulaba su Asunción a los Cielos.

Muchas veces hemos contemplado este privilegio de Nuestra Señora en el
Cuarto misterio de gloria del Santo Rosario: «Se ha dormido la Madre de Dios (…).
Pero Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria. Y la Corte
celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora. Tú y yo niños, al fin
tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos contemplar
aquella maravilla.

»La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa
de Dios… Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles:
¿Quién es Esta?». Nosotros nos alegramos con los ángeles, llenos también de
admiración, y la felicitamos en su fiesta. Y nos sentimos orgullosos de ser hijos de
tan gran Señora.

Con frecuencia, la piedad popular y el arte mariano han representado a la
Virgen, en este misterio, llevada por los ángeles y aureolada de nubes. Santo Tomás
ve en estas intervenciones angélicas hacia quienes han dejado la tierra y se encaminan
ya al Cielo, la manifestación de reverencia que los Ángeles y todas las criaturas
tributan a los cuerpos gloriosos. En el caso de Nuestra Señora, todo lo que
podamos imaginar es bien poco. Nada, en comparación a como debió de suceder en
la realidad. Cuenta Santa Teresa que vio una vez la mano, solo la mano, glorificada
de Nuestro Señor, y decía después la Santa que, junto a ella, quinientos mil soles
claros, reflejándose en el más limpio cristal, eran como noche triste y muy oscura.
¿Cómo sería el rostro de Cristo, su mirada…? Un día, si somos fieles,
contemplaremos a Jesús y a Santa María, a quienes tantas veces hemos invocado en
esta vida.

II. Hoy ha sido llevada al Cielo la Virgen, Madre de Dios; Ella es figura y
primicia de la Iglesia que un día será glorificada; Ella es consuelo y esperanza de
tu pueblo, todavía peregrino en la tierra. Ibídem. 8 San Josemaría Escrivá, Santo Rosario. Cuarto misterio glorioso. 9 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, Supl., q. 84, a. l ad l. 10 Misal Romano, Prefacio en la fiesta de la Asunción.

Miremos a Nuestra Señora, Asunta ya en los Cielos. «Y así como el viajero,
haciendo pantalla con su mano para contemplar algún vasto panorama, busca en
los alrededores alguna figura humana que le permita darse una idea de aquellos
parajes, así nosotros, que miramos hacia Dios con ojos deslumbrados, identificamos
y damos la bienvenida a una figura puramente humana, que está al lado de su trono.

Un navío ha terminado su periplo, un destino se ha cumplido, una perfección
humana ha existido. Y al mirarla vemos a Dios más claro, más grande, a través de
esa obra maestra de sus relaciones con la humanidad» .

Todos los privilegios de María tienen relación con su Maternidad y, por tanto,
con nuestra redención. María, Asunta a los Cielos, es imagen y anticipo de la Iglesia
que se encuentra aún en camino hacia la Patria. Desde el Cielo «precede con su luz
al Pueblo peregrino como signo de esperanza cierta hasta que llegue el día del
Señor» [12]. «Con el misterio de la Asunción a los cielos, se han realizado
definitivamente en María todos los efectos de la única mediación de Cristo
Redentor del mundo y Señor resucitado (…). En el misterio de la Asunción se
expresa la fe de la Iglesia, según la cual María “está también íntimamente unida”
a Cristo» [13]. Ella es la seguridad y la prueba de que sus hijos estaremos un día con
nuestro cuerpo glorificado junto a Cristo glorioso. Nuestra aspiración a la vida eterna
cobra alas al meditar que nuestra Madre celeste está allí arriba, nos ve y nos
contempla con su mirada llena de ternura [14]. Con más amor, cuanto más necesitados
nos ve. «Realiza aquella función, propia de la madre, de mediadora de clemencia
en la venida definitiva».

Ella es gran valedora nuestra ante el Altísimo. Es verdad que la vida en la tierra
se nos presenta como valle de lágrimas, porque no faltan los sacrificios, las
penalidades (sobre todo, nos falta el Cielo). Pero, a la vez, el Señor nos da muchas
alegrías y tenemos la esperanza de la Gloria para caminar con optimismo. Entre esos
motivos de contento, está Santa María. Ella es vida, dulzura y esperanza nuestra: el
cariño de la Madre se hace sentir en la vida del cristiano. Vuelve a nosotros esos tus
ojos misericordiosos, le decimos. Los ojos de Santa María, como los de su Hijo, son
de misericordia, de compasión. Nunca deja de dar una mano a quien acude a su
amparo: Jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra
protección… [16]. Procuremos buscar más la intercesión de la Virgen, de la Reina de
cielos y tierra. Acudamos al Refugio de los pecadores; y le diremos: muéstranos a
Jesús, que es lo que más necesitamos.

¡Qué seguridad, qué alegría posee el alma que en toda circunstancia se dirige
a la Santísima Virgen con la sencillez y la confianza de un hijo con su madre! «Como
un instrumento dócil en manos del Dios excelso escribe un Padre de la Iglesia, así
desearía yo estar sujeto a la Virgen Madre, íntegramente dedicado a su servicio.
Concédemelo, Jesús, Dios e Hijo del hombre, Señor de todas las cosas e Hijo de tu
Esclava (…). Haz que yo sirva a tu Madre de modo que Tú me reconozcas por
servidor; que Ella sea mi soberana en la tierra de modo que Tú seas mi Señor por
toda la eternidad» [17]. Pero hemos de examinar cómo es nuestro trato diario con
Ella. «Si estás orgulloso de ser hijo de Santa María, pregúntate: ¿cuántas
manifestaciones de devoción a la Virgen tengo durante la jornada, de la mañana
a la noche?» [18]: el Ángelus, el Santo Rosario, las tres Avemarías de la noche…
III. Dichoso el vientre de María, la Virgen, que llevó al Hijo del eterno Padre.

La Asunción de María es un precioso anticipo de nuestra resurrección y se
funda en la resurrección de Cristo, que reformará nuestro cuerpo corruptible
conformándolo a su cuerpo glorioso [20]. Por eso nos recuerda también San Pablo
en la Segunda lectura de la Misa [21]: si la muerte llegó por un hombre (por el pecado
de Adán), también por un hombre, Cristo, ha venido la resurrección. Por Él, todos
volverán a la vida, pero cada uno a su tiempo: primero Cristo como primicia;
después, cuando Él vuelva, todos los cristianos; después los últimos, cuando Cristo
devuelva a Dios Padre su reino… Esa venida de Cristo, de la que habla el Apóstol,
«¿no debía acaso cumplirse, en este único caso (el de la Virgen) de modo
excepcional, por decirlo así, “inmediatamente”, es decir, en el momento de la
conclusión de la vida terrestre? (…). De ahí que ese final de la vida que para todos
los hombres es la muerte, en el caso de María la Tradición lo llama más bien
dormición.

Resurrección y de la Ascensión del Señor. Y es, al mismo tiempo, el signo y la
fuente de la esperanza de la vida eterna y de la futura resurrección» [22].
La Solemnidad de hoy nos llena de confianza en nuestras peticiones. «Subió
al Cielo nuestra Abogada, para que, como Madre del Juez y Madre de Misericordia,
tratara los negocios de nuestra salvación» [23]. Ella alienta continuamente nuestra
esperanza. «Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos
señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos
fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no solo es nuestro ejemplo: es
auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición Monstra te esse Matrem (Himno
litúrgico Ave maris stella), no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con
solicitud maternal (…).

»Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; Corazón Dulcísimo de María,
da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino,
porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de
Jesucristo».

* La Iglesia, desde los primeros siglos (V-VI), profesó pacíficamente la fe en
la Asunción de María Santísima, en cuerpo y alma, a la vida celestial, como se
deduce de la Liturgia, de los documentos devotos, de los escritos de los Padres y de
los Doctores. Esta fe multisecular y universal está confirmada por todo el
Episcopado en la Carta Apostólica de I-V-1946, que sirve para ilustrar las razones
de su definición dogmática, realizada por Pío XII el 1-XI-1950.