La amistad es un bien humano y, a su vez, ocasión para desarrollar muchas virtudes humanas

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Pascua. 5ª semana. Viernes
EL VALOR DE LA AMISTAD

— Jesús, «el amigo que nunca traiciona». En Él aprendemos el verdadero
sentido de la amistad.

— La amistad es un gran bien humano que podemos sobrenaturalizar.
Cualidades de la verdadera amistad.

— Apostolado con los amigos.

I. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos (…). Ya no os llamo siervos (…), a vosotros os llamo
amigos, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa.

Jesús es nuestro Amigo. En Él encontraron los Apóstoles su mejor amistad.
Era alguien que les quería, con quien podían comunicar sus penas y alegrías, a quien
podían preguntar con entera confianza. Sabían bien lo que deseaba expresar cuando
les decía: amaos los unos a los otros… como Yo os he amado. Las hermanas de
Lázaro no encuentran mejor título que el de la amistad para solicitar su presencia: tu
amigo está enfermo, le mandan decir. Es el mayor argumento que tienen a mano.

Jesús buscó y facilitó la amistad a todos aquellos que encontró por los caminos
de Palestina. Aprovechaba siempre el diálogo para llegar al fondo de las almas y
llenarlas de amor. Y además de su infinito amor por todos los hombres, manifestó su
amistad con personas bien determinadas: los Apóstoles, José de Arimatea,
Nicodemo, Lázaro y su familia… Al mismo Judas no le negó el honroso título de
amigo en el mismo momento en que este le entregaba en manos de sus enemigos.
Estimaba mucho la amistad de sus amigos; a Pedro le preguntará después de las
negaciones: ¿me amas?, ¿eres mi amigo?, ¿puedo confiar en ti? Y le entrega su
Iglesia: Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas.

«Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se
deja ver solo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos
hace desear su compañía definitiva». Él, que ha compartido nuestra vida, quiere
compartir también nuestras cargas: Yo os aliviaré, nos dice a todos. Es el mismo
que desea ardientemente que compartamos su gloria por toda la eternidad.
Jesucristo es el Amigo que nunca traiciona, que cuando vamos a verle, a
hablarle, está siempre disponible, que nos espera con el mismo calor de bienvenida,
aunque por nuestra parte haya habido olvido y frialdad. Él ayuda siempre, anima
siempre, consuela en toda ocasión.

La amistad con el Señor, que nace y se acrecienta en la oración y en la digna
recepción de los sacramentos, nos hace entender mejor el significado de la amistad
humana, que la Sagrada Escritura califica como un tesoro: Un amigo fiel –dice el
Eclesiastés– es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale
tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable. Los Apóstoles aprendieron
de Cristo el verdadero sentido de la amistad. Y los Hechos de los Apóstoles nos
muestran cómo San Pablo tuvo muchos amigos, a quienes quería entrañablemente,
los echa de menos cuando están ausentes y se llena de alegría cuando tiene noticias
de ellos. La antigüedad cristiana nos ha dejado testimonios de grandes amistades
entre los primeros hermanos en la fe.

II. El trato diario y la amistad con Jesucristo nos llevan a una actitud abierta,
comprensiva, que aumenta la capacidad de tener amigos. La oración afina el alma y
la hace especialmente apta para comprender a los demás, aumenta la generosidad, el
optimismo, la cordialidad en la convivencia, la gratitud…, virtudes que facilitan al
cristiano el camino de la amistad.

La amistad verdadera es desinteresada, pues más consiste en dar que en recibir;
no busca el provecho propio, sino el del amigo: «El amigo verdadero no puede tener,
para su amigo, dos caras: la amistad, si ha de ser leal y sincera, exige renuncias,
rectitud, intercambio de favores, de servicios nobles y lícitos. El amigo es fuerte y
sincero en la medida en que, de acuerdo con la prudencia sobrenatural, piensa
generosamente en los demás, con personal sacrificio. Del amigo se espera la
correspondencia al clima de confianza, que se establece con la verdadera amistad;
se espera el reconocimiento de lo que somos y, cuando sea necesaria, también la
defensa clara y sin paliativos».

Amistad II.
Para que haya verdadera amistad es necesario que exista correspondencia, es
preciso que el afecto y la benevolencia sean mutuos [11]. Si es verdadera, la amistad
tiende siempre a hacerse más fuerte: no se deja corromper por la envidia, no se enfría
por las sospechas, crece en la dificultad, «hasta sentir al amigo como otro yo,
por lo que dice San Agustín: Bien dijo de su amigo el que le llamó la mitad de su
alma». Entonces se comparten con naturalidad las alegrías y las penas.

La amistad es un bien humano y, a su vez, ocasión para desarrollar muchas
virtudes humanas, porque crea «una armonía de sentimientos y gustos que prescinde
del amor de los sentidos, pero, en cambio, desarrolla hasta grados muy elevados, e
incluso hasta el heroísmo, la dedicación del amigo al amigo. Creemos –enseñaba
Pablo VI– que los encuentros (…) dan ocasión a almas nobles y virtuosas para gozar
de esta relación humana y cristiana que se llama amistad. Lo cual supone y
desarrolla la generosidad, el desinterés, la simpatía, la solidaridad y, especialmente,
la posibilidad de mutuos sacrificios».

El buen amigo no abandona en las dificultades, no traiciona; nunca habla mal
del amigo, ni permite que, ausente, sea criticado, porque sale en su defensa. Amistad
es sinceridad, confianza, compartir penas y alegrías, animar, consolar, ayudar con el
ejemplo.

III. A lo largo de los siglos, la amistad ha sido un camino por el que muchos
hombres y mujeres se han acercado –se están acercando– a Dios y han alcanzado el
Cielo. Es un sendero natural y sencillo, que elimina muchos obstáculos y
dificultades. El Señor tiene en cuenta con frecuencia este medio para darse a conocer.

Los primeros que le conocieron fueron a comunicar esta buena nueva a quienes
amaban. Andrés trajo a Pedro, su hermano; Felipe, a su amigo Natanael; Juan
seguramente llevó al Señor a su hermano Santiago…

Así se difundió la fe en Cristo en la primera cristiandad: a través de los
hermanos, de padres a hijos, de los hijos a los padres, del siervo a su señor y a la
inversa, del amigo al amigo. La amistad es una base excepcional para dar a conocer
a Cristo, porque es el medio natural para comunicar sentimientos, compartir penas y
alegrías de quienes están junto a nosotros por razones de familia, de trabajo, de
aficiones…

Es propio de la amistad dar al amigo lo mejor que se posee. Nuestro más alto
valor, sin comparación posible, es el haber encontrado a Cristo. No tendríamos
verdadera amistad si no comunicáramos el inmenso don de nuestra fe cristiana.
Nuestros amigos deben encontrar en nosotros, los cristianos que quieren seguir de
cerca a Jesús, apoyo y fortaleza y un sentido sobrenatural para su vida. La seguridad
de encontrar comprensión, interés, atención les moverá a abrir su corazón
confiadamente, con la seguridad de que se les quiere, de que se está dispuesto a
ayudarles. Y esto, mientras realizamos nuestras tareas normales de todos los días,
procurando ser ejemplares en la profesión o en el estudio, fomentando siempre la
amistad, estando abiertos al trato y al afecto con todos, impulsados por la caridad.

La amistad nos lleva a iniciar a nuestros amigos en una verdadera vida cristiana
si están lejos de la Iglesia, o a que reemprendan el camino que un mal día
abandonaron, si dejaron de practicar la fe que recibieron. Con paciencia y constancia,
sin prisa, sin pausa, se irán acercando al Señor, que les espera. En ocasiones
podremos hacer junto con ellos un rato de oración, una obra de misericordia visitando
a un enfermo o a una persona necesitada, les pediremos que nos acompañen a hacer
una visita a Jesús sacramentado… Cuando sea oportuno les hablaremos del
sacramento de la misericordia divina, la Confesión, y les ayudaremos a prepararse
para recibirlo. ¡Cuántas confidencias al abrigo de la amistad son caminos abiertos al
apostolado por el Espíritu Santo! «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído
del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar
oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la
discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo…
Todo eso es “apostolado de la confidencia”».

La amistad todo lo puede con la ayuda de la gracia; ayuda que debemos
implorar del Señor con oración y mortificación. Como nunca les hemos ocultado
nuestra fe en Cristo, les parecerá natural que les hablemos con frecuencia de lo más
esencial de nuestra vida, lo mismo que ellos nos hablan de los asuntos que consideran
de más importancia.

El Señor desea que tengamos muchos amigos porque es infinito su amor por
los hombres y nuestra amistad es un instrumento para llegar a ellos. ¡Cuántas
personas con las que cada día nos relacionamos están esperando, aun sin saberlo, que
les llegue la luz de Cristo! ¡Qué alegría la nuestra cada vez que un amigo nuestro se
hace amigo del Amigo!

Jesús, que pasó haciendo el bien [16], y que se ganó el corazón de tantas
personas, es nuestro Modelo. Así hemos de pasar nosotros por la familia, el trabajo,
los vecinos, los amigos. Hoy es un día oportuno para que nos preguntemos si las
personas que habitualmente se relacionan con nosotros se sienten movidas por
nuestro ejemplo y nuestra palabra a estar más cerca del Señor, si nos preocupa su
alma, si se puede decir con verdad que, como Jesús, estamos pasando por su vida
haciendo el bien.