“POR DENTRO O POR FUERA”

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Por Alejandra Ma Sosa E

 

¿Cómo sería el mundo si nunca se hubiera inventado el maquillaje, los tintes de pelo, las cirugías estéticas, la liposucción; si jamás hubieran existido sustancias, artículos, artefactos o procedimientos cuyos solo objetivo fuera cosmético, es decir, para embellecer alguna parte del cuerpo?

 

¿Cómo hubiera sido si nadie hubiera podido pintarse los ojos o los labios, o respingarse la nariz o blanquear o desenchuecar sus dientes o restirarse las arrugas o disimular la calvicie o cubrir y recubrir sus canas o hacerse extraer la grasa extra? ¿Te imaginas?

 

Si la gente siempre hubiera lucido tal cual era y no hubiera podido alterar su aspecto ni ocultar su envejecimiento, probablemente en lugar de valorar tanto la belleza externa, que al natural no abunda y es efímera, hubiera vuelto su mirada hacia adentro, hacia la belleza interior, pues ésta está al alcance de todos y puede durar toda la vida.

 

Pensaba en ello al leer en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mc 7, 1-8.14-15.21-23) que Jesús reprochó a ciertos contemporáneos Suyos porque se preocupaban demasiado por limpiar lo de afuera y no por lo de adentro, cuidaban mucho que lo de fuera estuviera impecable, sin importar que el interior fuera un cochinero.

Les dijo -y sus palabras nos interpelan también a nosotros que solemos vivir muy volcados hacia afuera, pendientes del qué dirán, preocupados por cuidar las apariencias, -que no es lo de afuera lo malo sino lo de adentro, y a continuación les dio varios ejemplos, entre los que mencionó: “las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad” (Mc 7,21-22). Y concluyó: “Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre” (Mc 7,23).

 

¿Por qué solemos dar tanta importancia a lo exterior? Quizá porque creemos que lo de dentro no se nota, pero ¿qué pasaría si estas palabras de Jesús se cumplieran literalmente? Si las maldades que cometemos nos provocaran auténticas manchas y, por ejemplo, al envidioso se le manchara la cara de verde, al iracundo de amarillo bilis, al que habla mal le salieran manchas negras en la boca y al que mata se le quedaran las manos manchadas de rojo?

 

Yendo más allá de lo que se planteaba al inicio, ¿te imaginas cómo sería el mundo si no sólo no hubiera manera de hermosear nuestro aspecto físico, sino que éste reflejara fielmente lo que hubiera en nuestro interior, sea que ello fuera hermoso (recordemos los rostros luminosos de Juan Pablo II, de Teresa de Calcuta), o terrible?

 

Viene a la mente aquella macabra obra de Oscar Wilde: ‘El Retrato de Dorian Grey’, que contaba la historia de un joven muy guapo que al ver el retrato que le había pintado un amigo expresó su deseo de poder lucir siempre así y que la imagen del cuadro envejeciera en su lugar. Su deseo se cumplió y mientras él se conservaba lozano y atractivo, su retrato iba reflejando no sólo la edad real de Dorian sino también cada uno de los pecados, cada vez peores, que éste iba cometiendo, por lo que fue tomando un aspecto tan grotesco y repulsivo que su dueño terminó por esconderlo.

 

Si tuviéramos que salir así a la calle y todo mundo pudiera ver claramente el estado de nuestra alma porque no hubiera afeites que pudieran ocultarlo, quizá dejaríamos de preocuparnos sólo por cómo nos vemos por fuera y comenzaríamos a poner empeño en de veras asearnos y embellecernos por dentro.

 

Dorian Grey no lo hizo y su historia terminó trágicamente: atormentado por lo que le echaba en cara su horroroso retrato, consideró que el único remedio sería arrepentirse y confesarse de todo lo malo que había hecho, pero no quiso; en lugar de ello, en un ataque de rabia y desesperación, acuchilló el cuadro, mudo testigo del desastroso estado de su alma, con lo cual su retrato recuperó su bello aspecto original, pero él murió como lo que había llegado a ser: un monstruo.

 

El Evangelio dominical nos da la oportunidad (en el sentido de oportuna y en el sentido de posibilidad) de penetrar nuestro interior para examinarlo de veras y hacer lo necesario para arreglar lo que haga falta. ¿La aprovecharemos o nos empeñaremos en seguir retocando una y otra vez, una y otra vez, nuestras fachadas?.