Desmemoria olímpica

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Moshé Leher

Rebuscando entre los libros de mi biblioteca, lo encontré: seis corredores largan la salida de una carrera, supongo que los cien metros; seis perfiles entre los que sobresale medio cuerpo de un atleta negro; se trata, sí, efectivamente, de una copia vieja, quizá de mi edad, del cartel de Yusaku Kamekura para los Juegos de Tokio 1964, con un sol naciente sobre los cinco aros olímpicos; allí al lado, por cierto, otro cartel, el de Pedro Ramírez Vázquez y Eduardo Terrazas, con el ‘México 68’ en el centro, en las ya archiconocidas letras.

Recuerdo, por cierto, que con esas letras, cuyos contornos se extienden en ondas centrífugas, como ondas de agua, tuve, hace medio siglo, una camiseta de verde bandera, con el lema ‘México 70’, en el centro del pecho, a la que pronto se le desprendió la O.
Pero retomo el hilo infiel de la memoria, aunque puedo recordar con certeza que para el año 2004, con sus histerias milenaristas, estaba yo de vuelta en Rancho Grande (o Ciudad ya no tan Chica, como gusten ustedes), de tal manera que la Olimpiada de Atenas, la que causó la ruina de Grecia, la disfruté, que es siempre un decir, ya por estos lares.

¿Qué pasó en Atenas? Ni idea, quizá una medalla de Ana Gabriela Guevara, que corría, pero ya no recuerdo ni qué distancia. Una lección, a propósito de las vergüenzas que estamos exhibiendo en Tokio, y que no aprendimos ni con el “Tibio” Muñoz, ni con Raúl González: los medallistas olímpicos no sirven un rábano ni para dirigir el COM, ni para ser mandamases de la Conade y, lastimosamente, acaban fracasando en lo deportivo y con abultados expedientes de actos de (presunta) corrupción.

Recién reparo que me salté los juegos de Sidney, de los que sí recuerdo un suceso, trágico para el protagonista y más bien chusco para el resto de la humanidad; Bernardo Segura acababa de conseguir llegar a la meta de los 20 kilómetros de marcha en primer lugar, lo que le daba a México una medalla dorada, lo que no es poca cosa, dada la escasez de triunfos nacionales. Estaba muy contento el marchista, hablando con el entonces presidente Zedillo, cuando los jueces interrumpieron la llamada para informarle que estaba descalificado.

Luego llegaron los juegos de Beijing (antes Pekín), con su esplendorosa inauguración, los dos oros para los… ¿Cómo se les llama a los que practican el salvaje deporte del taekwondo? ¿Takwendoeños?

Los mejores juegos de los últimos tiempos, para mí, fueron los de Londres 2012. La inauguración, con el concurso de James Bond, la reina Isabel (humorista voluntaria, a la inglesa), Atkinson (Mister Bean), el mismísimo John Lennon, música de Elgar, sir Kenneth Branagh interpretando a Shakespeare, la Reina de Corazones, el Capitán Garfio, Cruella de Vil y David Beckham, en una ceremonia que, recuerdo bien, disfruté con mi ya ausente hijo, y que fue el summum de lo que puede considerarse inglés, incluido el mejor regalo de la Isla a la humanidad después de los Beatles, el buen humor.

Como guinda del pastel el oro olímpico para la selección mexicana de futbol (sin tilde, por el amor de Yahvé, somos mexicanos y decimos futbol, no fútbol, ni furbol, ni menos esa payasada franquista de balompié). Aquí la admisión de uno de mis placeres culposos, junto a las tortas de jamón: siendo lo poco patriota que soy, me sale la vena nacional y mexica cuando veo a la oncena tricolor -que por cierto jugó ayer contra Canadá en ese torneo patito que es la Copa de Oro… Y sí, fui de los que se desmañanaron el miércoles para ver el juego del equipo olímpico contra los sudafricanos y, peor, fui de los que puse despertador para ver el repaso que nos puso Japón la madrugada del domingo.

Luego, por no dejar y para llegar a Pénjamo, los ruinosos juegos de Río, que siguieron, como pasó en México en el 1968 y el 1970, al ruinoso Mundial Brasil 2014, de cuyos detalles no retengo nada, ni de la actuación mexicana, ni de ningún otro episodio de esos juegos.

Sobre estos juegos y salvo mi confesado placer culposo por el TRI olímpico, apenas me entero, salvo del recuento de fracasos y de los casos de los atletas que, para usar el tópico, se baten como nunca y quedan relegados del pódium, como siempre.

Ya sólo queda pendiente el volver a mi vieja ilusión de convencer a los que aquí mandan que propongan, ganen y organicen una Olimpiada en estas tierras, de cuyos detalles ya alguna vez escribí y de los que bien podría escribir luego, un día que me quede sin ideas.
¡Shalom! (Fuente: El Heraldo).