Doble moral

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Por: Fernando Belaunzarán

Son tan implacables con los demás como indulgentes con los propios. Aplican la ley del embudo: ancho de un lado, el propio, y angosto del otro. Se permiten hacer todo aquello que censuran en sus adversarios, aunque se dicen diferentes. Y es que nombran de manera distinta los mismos hechos, según quién los realice. Unos resultan ser corruptos dispuestos a todo para mantener sus privilegios, pero, en cambio, si ellos actúan igual, acaban siendo víctimas de una conspiración de los afectados por la “transformación”.

Lo que les permite navegar campechanamente por esas aguas del cinismo es la proclamación de su superioridad moral. Son virtuosos por propio decreto, a diferencia de sus adversarios que tienen que ser deshonestos por default. Es la lucha entre el bien y el mal plasmada en blanco y negro. En la narrativa del presidente Andrés Manuel López Obrador no hay espacio para las medias tintas y los matices son vistos como un ardid de inmorales que pretenden embozarse para engañar incautos. Por eso lo fundamental para emitir un juicio de valor no es el hecho en sí, el qué, sino el quién.

Los “buenos” se permiten todo porque sus acciones persiguen objetivos nobles. De ahí se desprende que el fin justifica los medios. El Presidente puede mentir todas las mañanas, es para transformar a México, pero los periodistas que refutan su inexistente mundo feliz mienten, aunque digan la verdad.

La corrupción se ha terminado porque el mandatario asegura que así es y agita un pañuelo blanco para apuntalar simbólicamente tan importante declaración. Cualquier evidencia que lo desmienta debe ser negada porque de lo contrario serviría a los intereses del conservadurismo, a pesar de que quienes han sostenido con pruebas que las malas prácticas prevalecen, incluso entre sus muy cercanos, sean más liberales que él; algo que, por cierto, no es nada difícil.

Si en un video se observa a colaboradores de senadores de oposición recibiendo dinero, es muestra inequívoca de sobornos, pero si se trata de los hermanos del Presidente, son simples “aportaciones” o “préstamos personales”. La palabra presidencial debe zanjar el asunto, pues indagar para corroborarlo sería caer en “el juego de la derecha”. No nos preguntemos por qué David León, después de las cantidades de dinero entregadas a Pío y Jesús Martín López Obrador, fue nombrado al frente de la protección civil del gobierno federal y ya había sido perfilado para hacerse cargo de la empresa que se suponía iba a resolver el desabasto de medicamentos.

Tampoco es correcto reflexionar los motivos por los cuales un cercano colaborador de quien entonces era gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, decidió grabar las entregas de dinero a los hermanos, ni por qué estos aseguraron que los recursos eran para su pariente que se desempeñaba como presidente de Morena, mucho menos a cuenta de qué acuerdo apuntaba Pío cada sobre recibido en su Biblia y por qué hablaba de aportes mensuales ni a qué se refería Martinazo cuando le dijo a David León que lo que le daba fuera descontado de alguna cantidad comprometida ni por qué el supuesto préstamo de 150 mil pesos se dio en efectivo ni de dónde viene tanto aprecio y cercanía del exfuncionario hacia la familia del hoy gobernante que explique tanta generosidad. Está visto, la curiosidad frente a los dichos presidenciales es un desplante fifí.

La presunción de inocencia es prerrogativa exclusiva de la 4T. López Obrador condena de antemano a opositores o periodistas independientes ante la simple denuncia, pero minimiza las que se hacen contra sus colaboradores y miembros de su partido, así existan testimonios y pruebas corroborables. No estar con él equivale a una confesión de culpabilidad y apoyarlo es carta de inocencia, que no de impunidad porque eso también desapareció por decreto.

Cuando eran opositores no dejaban pasar la oportunidad para cuestionar al gobierno en turno. Ahora que están en el poder llaman golpismo a las críticas que reciben. Lo que antes estaba bien porque les ayudó a ganar la presidencia ya no es tolerable porque dificulta que la conserven. En síntesis, lo que beneficie políticamente al Presidente está bien y lo que no, pues no. Privilegio de su doble moral.