“TEMPESTAD CALMADA”

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Por Alejandra Ma Sosa E

 

Aquella noche en la capilla había un silencio total, absoluto.

 

Quién sabe por qué, pero desde hacía un larguísimo rato no había pasado ni un coche, ni se había oído el ladrido lejano de un perro ni voces ni música, nadie había llegado o salido, y adentro nadie se movía ni hacía ruido, por lo que se había ido adueñando del ambiente una paz extraordinaria.

 

Estábamos ahí reunidas, como cada jueves por la noche, unas cuantas personas, dedicadas a disfrutar de una hora de adoración silenciosa ante el Santísimo expuesto.

 

La penumbra, rota apenas por las veladoras y una luz dirigida hacia la Custodia, y la serenidad que reinaba facilitaban deslizarse deliciosamente por los laberintos de la oración y cada quien se encontraba gozando de ese rato de sabrosa intimidad con el Señor.

 

Entonces, sin decir ni agua va un rayo relampagueó deslumbrándonos y simultáneamente un trueno hizo honor a nuestro Himno Nacional porque de veras retembló en su centro la tierra.

 

Fueron ambos tan inesperados y potentes que varios pegamos un brinco, pero una vez pasada la primera impresión, nos recuperamos y seguimos como si nada.

 

Sucedió entonces un contraste notable: Empezó un chubascazo con granizo que caía con fuerza sobre el techo, y los rayos y los truenos seguían, uno tras otro, pero adentro, sin embargo, todo estaba en calma, reinaba la quietud porque las miradas, como los corazones, estaban todos puestos en el Señor.

 

Y pensé: esto es como lo que sucede en la vida, que nos llegan de repente y sin saber cómo situaciones, problemas muy fuertes, que nos azotan, estremecen y asustan; ser creyentes no nos exenta de que nos llueva duro y tupido, pero si nos mantenemos pegaditos al Señor, postrados delante de Él, confiados enteramente a Su providente misericordia, nos da la fuerza y la paz para salir adelante.

 

Recordé esto al leer el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mc 4, 35-41).

 

Nos cuenta San Marcos que mientras Jesús y sus discípulos van en la barca por el lago, de pronto un ventarrón provoca un tremendo oleaje que empieza a inundar la barca.

 

Los discípulos, algunos de ellos marineros expertos, se dan cuenta de que solos no saldrán de ésta y acuden a Jesús, pero Él duerme. ¿Cómo que duerme? ¿Cómo puede dormir en semejante situación? Seguramente se preguntan eso los discípulos. Y ello refleja, por una parte, que en primer lugar piensan que si Él no se hubiera dormido, no les hubiera caído el mal tiempo, y en segundo lugar, que ya que les cayó el temporal, lo menos que puede hacer es ayudarlos, después de todo son Sus discípulos.

 

En la exasperada pregunta que le hacen cuando van a despertarlo (“Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Mc 4, 38) se advierte no sólo que le reprochan su aparente desinterés sino que parecen dar por sentado que se hundirán, quizá como para forzarlo a probarles lo contrario.

 

¡Ay! ¡Cómo nos parecemos a ellos en nuestros reclamos y chantajes al Señor! Le decimos: ¿no te importa que me enferme y que me muera, o que se desbarate mi matrimonio, o que no tenga trabajo? ¿No te importa lo que me pasa?, como si tuviera la obligación de librarnos al instante de todo lo que nos asusta.

 

¿Cómo les responde Jesús? Haciendo callar al viento y al mar.

 

¿Te imaginas la escena? De pronto el cielo antes cubierto de negros nubarrones, se despeja, se ven las estrellas; cesa el aullido del viento; ya no hay olas; el lago se vuelve como un espejo; y estos hombres que están todavía empapados y temblando por el esfuerzo de mantenerse en pie en la barca que se bamboleaba, se encuentran en un abrir y cerrar de ojos en plena calma, con los pies en unos charcos tan quietos que tal vez hasta reflejan la luna.

 

Llega entonces el turno de Jesús de reprocharles: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” (Mc 4,40).

 

Una pregunta que les hace a ellos y a nosotros. ¿Qué clase de fe tenemos? ¿Una fe de ‘buen tiempo’, que sólo confía en Él cuando todo sale como esperamos?, ¿una fe que se desanima y desmorona ante las malas noticias, las crisis, las dificultades?, ¿una fe que no resiste que Él parezca dormido, que tarde en responder?

 

Ante las tormentas de la vida tenemos dos opciones: desesperarnos o fiarnos de Jesús y mantenernos firmemente a Su lado, con la absoluta confianza de que no hay mejor sitio que ése.

 

Recuerdo que aquella noche en la capilla llegó el momento en que acostumbramos terminar la Hora Santa y nadie quiso irse. Y no sólo porque seguía lloviendo, sino porque sentíamos, sabíamos, que en ningún lugar estábamos mejor que ante el Señor.

 

Viene a mi mente que cuando era chica y llovía atronadoramente y mi hermana empezaba a preguntar: ‘¿la casa es fuerte fuerte y no se cae?’, mi mamá sacaba su Biblia, leía el texto de la tempestad calmada y la dejaba abierta, pidiendo al Señor que amainara la tormenta. Y sí, siempre amainaba. Si no por fuera, por dentro…