¿TE HAS ENOJADO CON DIOS?”

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Por Alejandra Ma. Sosa E

En una estupenda entrevista realizada en el 2000 y que dio lugar a un libro extraordinario (‘Dios y el mundo’), el periodista alemán Peter Seewald le preguntó al todavía Cardenal Joseph Ratzinger  (luego Papa Benedicto XVI) si a veces se enojaba con Dios.

El entonces Cardenal dio una respuesta que, como todas las suyas, resulta muy iluminadora. Dijo: “Nunca me enojo con Dios. Enojarse con Él sería bajarlo muy a nuestro nivel. Naturalmente de vez en cuando pienso: ¿por qué no me ayuda más en esto? Y lo encuentro desconcertante. Pero en esos casos que me inquietan o molestan, puedo percibir que también está presente Su misterio. Y entonces tengo que preguntarme si no hay algo importante que Él me está comunicando a través de esas situaciones o personas que me molestan…”

Es evidente que su experiencia contrasta con la de muchos creyentes. ¿A qué se debe esta diferencia?, ¿qué es lo que le permite nunca enojarse con Dios?

La clave, creo, está en una palabra que él menciona: misterio. Y no me refiero a que sea un misterio que no se enoje, sino a que no se enoja porque comprende que Dios es Misterioso, está más allá de lo que podemos entender con nuestra mente limitada; no podemos pretender conocer sus razones ni pedirle explicaciones de por qué hace las cosas.  Y eso está bien. Tiene que ser así. Si pudiéramos conocerlo por completo no sería Dios; más aún, no sólo no sería un ser superior a nosotros sino sería inferior puesto que lo podríamos conocer sin necesidad de que nos revelara nada.

Es bueno que los designios de Dios nos sobrepasen. En la Segunda Lectura que se proclama hoy en Misa exclama San Pablo: “¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás el pensamiento del Señor o ha llegado a ser Su consejero?” (Rom 11, 33-34a) y en lugar de terminar diciendo: ‘¡qué coraje me da esto!, ¡me choca no entender a Dios!’, ¡me enfurece que Sus designios sean impenetrables!’, lanza una alabanza. Y no como un ‘lambiscón’ que quiere quedar bien con Aquel que sabe más y puede más, sino como un creyente que expresa la paz y alegría que le da saberse en manos del que lo sabe todo, lo puede todo y está muy por encima de cualquier límite humano.

Y es que ante la superioridad de Dios no debería caber el enojo sino la confianza. Me apena pensar lo triste que se ha de sentir el Señor cada vez que nos molestamos o indignamos con Él cuando las cosas no salen como esperamos. ‘Ahora sí no te mediste, ¿cómo es posible que permitieras esto?’, le reclamamos. No le damos ni tantito crédito, a pesar de que una y otra vez nos ha demostrado que todo lo hace para bien. Y Él, desde Su infinito amor y sabiduría por nosotros, nos escucha y nos comprende pero calla, porque si nos respondiera no alcanzaríamos a comprender lo que nos explicara.

Sucede como con un papá y su niño que apenas gatea. El niño hace berrinche porque según él su papá es malo: no lo deja subir a la azotea, no lo deja tomarse esa agüita verde que huele tan rico y que su mamá echa en la cubeta y en el piso; no lo deja jugar con ese cuchillo que brilla tan bonito; no lo deja meter los dedos en esas dos ranuritas en la pared; no lo deja meterse a la boca ese bichito café tan simpático que hallaron tieso bajo el fregadero; en fin, que su papá es un aguafiestas que nomás está viendo cómo le hace la vida imposible.

No alcanza a comprender el niño que cuando su papá le prohíbe o autoriza algo es porque busca solamente su bien. El chamaquito cree que porque él no conoce las razones que tiene su papá, éstas no existen o no son buenas. Y lo mismo nos sucede a nosotros. Cuando no comprendemos lo que Dios impide o permite en nuestra vida, nos enojamos con él. Nos hace falta aprender del Papa a reaccionar de otro modo, es decir preguntándonos: ¿qué me quiere comunicar el Señor a través de esto?’, ¿cómo querrá que reaccione ante esta circunstancia, ante esto que permite?

Al verdadero creyente el hecho de no alcanzar a comprender los designios de Dios no debe inmovilizarlo en la ira, la desconfianza o la desesperación. Por el contrario: debe lanzarlo a seguir adelante, con la certeza de que no importa que no pueda entenderlo todo: lo entiende Aquel en cuyas manos está todo, y eso basta.

Este domingo la Oración Colecta en la Misa nos invita a pedirle al Señor ‘amar lo que nos manda’. ¡Ojo! no dice: ‘entender’, ni siquiera ‘cuestionar’. Dice sencillamente amar. Es decir, aceptar con amor lo que nos manda, sabiendo que nos lo manda por amor.