¡TODOS ATRAVESAMOS UN VIERNES SANTO!

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Padre Sam (Homilía de este día)

Y no me refiero a participar en las celebraciones de Semana Santa, sino en nuestra vida: todos pasamos momentos duros, momentos de traición, momentos de soledad, así como le sucedió a Jesús ese Viernes Santo. Hay momentos de luz como en el Tabor, pero hay momentos oscuros como los vividos ese viernes. Ese día, Jesús estaba solo: la gente que había sido curada no estaba, los discípulos habían huído; sólo había gritos, escupitajos, golpes. La compañía de Jesús eran unos soldados agresivos, un Pilato cobarde y un pueblo sediento de sangre. Fueron escasos los consuelos que recibió Jesús: la mirada amorosa de mamá, la compañía fiel de un discípulo y el apoyo incondicional de algunas mujeres.

En nuestra vida también atravesamos por Viernes Santos, es decir, por momentos en donde parece que caminamos solos, en donde el peso de la cruz nos agobia, momentos en donde amigos o familiares nos traicionan. La mirada debe estar puesta en Jesús, que a pesar de las heridas, que a pesar del dolor, se levantó una y otra vez en esa Vía dolorosa. Cuando el cansancio llegue, cuando la decepción toque a nuestra puerta, repitamos: Señor, contigo quiero caminar. Señor, ayúdame a abrazar la cruz, ayúdame a subir al Calvario con valentía, ayúdame a levantarme cada vez que caigo.

Hoy la familia atraviesa su Viernes Santo, la Iglesia también y el mundo sufre su Viernes Santo. Momentos de desconcierto, momentos de incertidumbre y de impotencia. Señor, este día elevamos nuestra oración a Ti: por todos los que viven en el dolor, en el miedo, en la desesperación. Sé Tú, Señor, nuestra fortaleza, sé Tú la medicina para nuestros males, sé Tú la esperanza de nuestros corazones.

Al llegar al Gólgota, Jesús abrió sus brazos en la cruz, brazos bañados de sangre, brazos magullados por un tosco madero, pero fue ahí donde el amor se escribió, fue ahí donde el amor llegó al extremo, fue en ese abrazo lleno de dolor cuando el mundo nació para el cielo. Gracias Señor por tanto amor, gracias por abrazarnos, gracias por decirnos el “te amo” más sincero, sin usar una sola palabra. Queremos imitarte, Señor, queremos seguir amando aunque nos duela, queremos levantarnos aunque nos cueste, queremos seguir avanzando aunque los pies estén rendidos.

Y de repente, desde lo alto de la Cruz, un fuerte grito estremeció El Calvario: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Todos creyeron que era el final, parecía un pobre hombre derrotado en un madero, pero fue ahí donde el amor venció a la muerte. Las últimas palabras de Jesús fueron de confianza, fueron de abandono a la Voluntad de su Padre. El mundo sólo escucho esa frase, pero Jesús murió recitando el hermoso salmo 31: “… en tus manos encomiendo mi espíritu, Tú el Dios leal me librarás”. Las primeras palabras las escuchó el mundo, las últimas sólo las recibió su Padre celestial. Moría en paz, porque moría en las manos de su Padre.

En cada Viernes Santo que atravieso, Señor, quiero repetir contigo esas palabras de confianza: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. En tus manos está mi salud, en tus manos está mi familia, en tus manos está mi vida. No son unas manos cualquiera, son unas manos que acarician, que sanan, que devuelven esperanza. Sabiendo eso, Señor, se me quita un peso de encima, descanso y sonrío en medio de un mundo difícil. Mi vida en tus manos, Señor. ¡Benditas manos! ¿Y cómo he de volver a dudar, a preocuparme, a acongojarme pensando en mi vida y en mi futuro, cuando sé que está en tus manos? Alegría de alegrías, Señor, y favor de favores. Sé que tendré altos y bajos, días oscuros y brillantes, penas y gozos. Todo eso es mi vida, Señor, y todo eso está en tus manos. Tú conoces el tiempo y la medida, tú sabes mis fuerzas y mi falta de fuerzas, mis deseos y mis limitaciones, mis sueños y mis realidades. Todo eso está en tus manos, y tú me amas y quieres siempre lo mejor para mí. Esa es mi alegría y mi consuelo.

Que esa fe aumente en mí, Señor, y acabe con toda ansiedad y preocupación en mi vida. Én este Viernes Santo, Señor, te entrego mis sufrimiento, mi dolor, mi angustia. Te entrego mis Viernes Santo. Ayúdame a vivir en paz, sabiendo que mi vida está en tus manos. Ayúdame a sonreír, sabiendo que tú eres mi Señor, el Dios leal, que me librará. Este día, repito con María, junto a la Cruz: Señor, yo me fío de Ti.

– Homilía Viernes Santo 2020 | Padre Sam