Cosechamos lo que sembramos, y no sabemos nuestro futuro

0
302

CDMEX.- En esta gran urbe la vida cambió en unas cuantas semanas, al dar un giro que sólo pocos esperaban o habían pronosticado, más allá de si fue o no impulsado ese virus por una potencia para destruir la economía de otra. Ahora, la realidad es bien diferente y “se vive” en permanente incertidumbre, porque muchos mexicanos ya no trabajan, pero otros tampoco estudian cuando las aulas de escuelas y universidades quedaron vacías.

La crisis que vive nuestro país –al igual que otros muchos del resto del mundo- se refleja en casi todos los sectores, a excepción del Gobierno, grandes empresarios, políticos que incluye a diputados y senadores.

Y los conductores de “taxis” son un ejemplo de ello, porque su actividad disminuyó, en algunos casos, hasta el 85 por ciento; pero también la actividad comercial, donde recibían a diario a unos 200 clientes y ahora apenas a 20.

Los hoteles son otra muestra de lo que en realidad sucede, pues en algunos de cinco estrellas que se veían aglomerados, ahora sólo se observan a algunos comensales que en su mayoría pide café y galletas, mientras que aquellos viejos hoteles del centro de la ciudad apenas sobreviven con 20 huéspedes a lo mucho, cuando de ordinario alojaban a 200 o más.

Más aún significativo, es el transporte público, y que pudimos observar circula con hasta 10 pasajeros, y a veces con cinco. Esta es la cruda realidad de lo que el viento se llevó, ese viento fúnebre que se lleva a nuestros seres queridos, amigos, conocidos y compañeros de trabajo, porque más de 10 periodistas han sido infectados y se sabe de al menos uno que ya falleció.

Las estaciones del metro ya no son como antes, si acaso vemos salir a dos o hasta cinco personas en grupo.

Don Efraín González López, ingeniero y destacado humanista político, descendiente de uno de los ilustres fundadores del Partido Acción Nacional, nos habla en exclusiva del acontecer nacional y mundial, y nos dice que el miedo principalmente es encaminado por el temor a morir con la conciencia en pecado, y no poder entregar buenas cuentas a Dios. Y dentro de las profundas reflexiones que nos hace, recuerda los tiempos de Egipto donde el Faraón temía más a las plagas que a Dios, en lo que se mantuvo hasta el final mientras el pueblo israelita estaba en la cúspide de entre la vida y la muerte.

Ahora, nos dice, no es tan diferente, porque hay tanta gente preocupada por las medidas preventivas, por la economía nacional y el caos económico, que por voltear a ver a Dios y pedirle perdón por tantos pecados.

También observamos que templos y oficinas públicas permanecen cerradas, como la SEP y otras dependencias, así como museos y espacios públicos. No se diga bares, restaurantes o centros de diversión.

Es en el centro de la ciudad donde observamos esas figuras del México antiguo, aquellos guerreros que fueron testigos de grandes batallas, como de extraordinarias epidemias.

Las mujeres y hombres que vendían algún producto, ya no tienen la mirada de antes; ahora se les observa más preocupadas por el hecho de qué llevaran esta tarde-noche a sus hogares para darles de comer o cenar a sus hijos. En algunas esquinas vemos a mujeres que venden tamales y atole, con escasos clientes.

Esta es la realidad que hoy vive esta gran urbe que se aferra a sobrevivir con políticas tradicionales pero que no voltear a ver, muchas veces, al Creador de este mundo y del Universo, porque pareciera que hablar de fe y espiritualidad, no les está permitido por este sistema que ha impedido el desarrollo integral de las personas, de las familias y de la propia sociedad, pues subyace en las anticulturas de la “modernidad” como le llaman a esas “libertades” que nos han llevado a la decadencia y cuyas consecuencias ahora vivimos.

Como diría aquella viejecita que entrevistamos a las puertas de la Catedral Metropitana cuando fuimos a buscar al P. Hugo Valdemar para entregarle importantes documentos: cosechamos lo que sembramos.

“Sembramos vientos y cosechamos tempestades; en México nos hace falta una gran revolución que involucre a todos, pero una revolución de amor y aferrarnos a la oración como único antídoto contra este maligno virus.