Los políticos necesitan un apostolado

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Se debe orar por los políticos corruptos, pero también por los que humillan: García Villanueva

Los políticos necesitan un apostolado, al igual que niños y jóvenes, ya que cada vez que se equivocan las consecuencias de pecados como el de la corrupción que tanto daña al país, resulta bien grave; habría que pedir misericordia hacia ellos y de exigencia, pero también sistemas más eficaces para enfrentar ese mal.

Lo anterior fue externado en su última visita a las instalaciones a FUTURO por Carlos García Villanueva, coordinador del Frente Nacional de la Familia, en declaraciones hechas como católico en torno al pronunciamiento que en fecha reciente hiciera el Papa Francisco en el sentido de que los corruptos no entrarían al cielo.

Expresó que ese fenómeno, el de la corrupción, es un pecado grave que daña a muchos, “un gran pecado social”, ante lo cual los ciudadanos “debemos pedir por ellos”, por los políticos corruptos, pues a través de ello sus vidas se podrán corregir.

Y es que sus acciones dañan todos los niveles, destacó García Villanueva, quien por muchos años se ha dedicado a la actividad empresarial y a ser benefactor importante de nobles causas.

Puso en claro que a su ver que ciertamente como dijera el Papa Francisco, un corrupto no entraría a la gloria de Dios ni mucho menos sería santo, “sobre todo si no se arrepiente”, pero en caso de la conversión puede encontrar el perdón y salvarse.

Para ello existe el sacramento de la confesión, y ante la misericordia de Dios todo se puede lograr, con mayor razón si nos asiste la fe.

Sin arrepentimiento, ciertamente, no hay salvación para los políticos como para cualquier persona, enfatizó.

Hizo referencia a que los santos, en buen número, fueron pecadores y se salvaron gracias a su fe y al arrepentimiento, sabedores de que existe el lugar indicado, que es el confesionario.

Po ello hay que trabajar a diario por la conversión, convirtiendo el mal en bien, siendo honestos, pero sobre todo pensar y actuar haciendo de cuenta que Dios está siempre a un lado de uno, como de hecho lo está, y no llegar a humillar a otros seres y menos pisotear su dignidad humana y espiritual, considerado por la iglesia como uno de los pecados mayores que la propia corrupción.