“Usted no es Periodista”

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Por: José I. VELA PEREZ

“Ebrio sujeto que manejaba a exceso de velocidad atropelló y dio muerte a un menor que sobre la carretera que conduce a Calvillo….”, decía la nota que redacté allá por la década de los 70’s para el periódico El Heraldo, y que mereció la primera de las reflexiones sobre lo delicado que es escribir para la sociedad, o “la opinión pública”.
Se trataba evidentemente de un hecho lamentable, más aún porque el niño, de origen campesino, perdió la vida cuando en cuclillas, hacía sus necesidades a varios metros de distancia de la carretera. Obviamente investigamos el hecho.
Al siguiente día a temprana hora, llegan tres personajes bien “trajeados” a la redacción, a cargo de Francisco Gamboa López, y preguntan por el Director, don Leandro Martínez Bernal (qepd) con quien mantienen una plática que se extendió por largos 15 minutos, al menos, alcanzando escuchar algunas veces que alzaban la voz y, sobre todo, observar indicios de enfado entre el responsable del diario y los “distinguidos” visitantes, mientras que “El Gallo” Gamboa, conociendo de bien a bien de qué estaba hecho “don L”, -como cariñosamente le llamábamos a tan bien recordado Director-, bromeaba al decir que “el asunto” era con este tecleador.
“No te preocupes, no creo que sea para tanto, porque seguramente lo que escribiste es la verdad, o no?, dijo -y pregunto- José Luis Espinosa Ponce (qepd), en ese entonces Jefe de Información del Diario.
Ernesto Gutiérrez Gaytán, -hoy jefe de Redacción- recién llegaba, y expresó: “porqué está enojado don Leandro”, y cuando conoció de lo que se trataba, expresó, “nombre, no te apures”, en un noble gesto de solidaridad.
Por momentos volteaban “nuestro Director” y alguno de los personajes, hacia el escritorio donde me encontraba, a escasos 4 metros y con buena visibilidad porque dos laterales eran de vidrio, sin tener la quietud necesaria para redactar las notas del día, menos con esas miradas de los referidos personajes que pareciera que procederían en contra de este Diario.
Por fin suena el teléfono de don Paco Gamboa, y voltea hacia el sorprendido y “novato reportero”; suelta: “le habla don L”, quien estando dentro de la oficina y frente a estos visitantes, pregunta si sabía o no quiénes eran, para luego detallar de quiénes se trataba.
Recuerdo que dijo haber discutido sobre algunos de los párrafos de la nota publicada y “don L” de seguro preguntó si dentro de su contenido habría algo que no encajara con los hechos para proceder en consecuencia.
A regañadientes admitieron que sí, que efectivamente “así fueron las cosas”, lo que nos inspiró a recuperar la confianza y con ello algo de tranquilidad, pero que “el problema” era –fue- el haber empleado tan ofensivos términos, de “ebrio sujeto”, porque el redactor es el que “nunca debe calificar ni menos juzgar tal o cual acción”, porque su responsabilidad es sólo la de informar y la opinión pública, “formar opinión”, como se expresaba en aquellas lecciones que sobre periodismo recibimos de excelentes maestros en Guadalajara, sin omitir que “don L” fue uno de los mejores, si no es que el mejor -al menos en Aguascalientes- porque siempre con respeto y firmeza supo decir el qué y el cómo, pero también el por qué y el cuándo.
Tras la fuerte pero esperada “regañada” del Director, se sintió con voz fuerte, “!que sea la última vez, o ya sabe”.
Por fin esas visitas salen de la Dirección que a lo lejos se les notaba aires de superioridad y de intimidación, a través de los vidrios de la puerta y las oficinas cuando uno de ellos, burlón, dice “este no es periodista”. Por la noche habría recibido una llamada de “una persona cercana” a uno de los involucrados indicando que cuál era mi situación económica, porque me “podían favorecer” seguramente con una buena cantidad de dinero, señalándole que la vida y dignidad de alguien, desde el más humilde y modesto ciudadano, no era negociable, que si deseaban alguna inserción, (espacio pagado) con gusto los atendería la persona adecuada del departamento de publicidad, y con palabras altisonantes, colgó.
Suena por segunda ocasión el teléfono de la jefatura de Redacción, y de nuevo a la Dirección. Don “L” pide que tome asiento. Y sorpresa: nos da la orden de que le dé seguimiento y hace venir a Espinosa Ponce para darle al tema la mayor cobertura posible, sin limitaciones de espacio. Y bueno lo que siguió es historia. Durante varios días se “cubrió” este penoso hecho que indignó a la sociedad aguascalentense y de la región, y siempre atentos de quien llegaba a la Dirección, al menos en el tiempo que arribamos al Departamento de Redacción, pero nunca más volvimos a saber de ellos ni recibir alguna otra amonestación de esa naturaleza.
No pasó mucho tiempo cuando nos visita don Mauricio Bercún Melnic, (qepd) propietario fundador de este Diario, y nos entrega personalmente una razonable cantidad de dinero –dentro de un sobre en color amarillo-, “felicidades, tenga sus utilidades y una gratificación aparte por su buen desempeño”, dijo.
No recordamos la fecha exacta, aunque encontramos una credencial de registro ante el IMSS del 14 de diciembre de 1977, y con certeza esta “mala experiencia” fue meses después.
Luego, en julio de 1978 asistimos al “Seminario de Información de Policía” que organizó la Procuraduría General de Justicia del Estado de Jalisco, donde se nos habló del respeto y la verdad, pero sobre todo del compromiso de construir una mejor sociedad. La constancia la firmaron el Procurador, Lic. Salvador Cárdenas Navarro, y Lic. Héctor Salazar Lizardi, un excelente jefe de la entonces Policía Judicial, quien demostró gran habilidad en su desempeño y nos invitó a ponernos siempre en el lugar de la víctima o de los familiares de la misma cuando estuviéramos frente a una máquina –no había computadoras- , porque “hay que ser prudentes y tener mucha sensibilidad y sobre todo respeto sin que ello signifique coartar la libertad, que en un momento dado se puede convertir en libertinaje”.
“Hagan de cuenta que se trata de un familiar suyo, e imaginen cómo desearían que se manejara lel tema, tanto en gráficas como en información”, diría ante un buen número de jóvenes –algunos no tanto como el buen Eduardo Chimely ( qepd).
Este personaje fue un desatacado profesional de la comunicación y corresponsal de reconocido diario, ampliamente conocido como conductor titular del entonces mejor programa de radio de corte policiaco “Chimely Dice” que tanto bien hizo a los tapatíos-, gracias a quien se pudieron salvar muchas vidas en tantos hechos, algunos de los cuales fuimos testigos.
Esta simple narración nos lleva a un interesante artículo de “El Heraldo de Madrid”, periodismo e historia del siglo XX, escrito por Gaziel -Agustín Calvet- que con el mismo título nos hicieron llegar viejos amigos, y que merece ser analizado, sobre todo por quienes tienen alguna responsabilidad informativa y también por muchos de los “periodistas” que hay en nuestro país.
Conservo el telegrama del 19 de marzo de 1987 que dice: Periodista “El Sol del Centro”, con el texto: “celebración onomástico, mi afectuosa felicitación recibe un fuerte abrazo. Héctor Manuel del Villar Martínez. Presidente Municipal”.
Poco antes, el 17 de noviembre de 1976 inició actividades el Canal 10, hoy 26, y recordamos lo expuesto por sus promotores, de que iniciaban con una línea editorial diferente, de las pocas que entonces existían, pues debería conducirse fielmente acorde a la realidad de Aguascalientes, con apego a la verdad y con mística de servicio. Hoy intentan rescatarlo, pero nada es igual.
Y lo anterior nos trasladó a octubre de 1990, con ese profundo mensaje del ahora San Juan Pablo II, con un numeroso grupo de comunicadores, ante quienes dijo:
“Su libre responsabilidad los lleva a juzgar los acontecimientos, pero sólo esto se debe hacer siempre con la mayor escrupulosidad objetiva de los hechos. La verdad debe ser la fuente y criterio de la libertad, también en la información el que considera verdadero lo que es falso, no es libre; el que afirma lo falso, manteniéndolo como verdadero, no es leal; y se puede faltar al respeto de la verdad tanto diciendo positivamente lo que es falso, como diciendo sólo una parte de la verdad, callando intencionalmente la otra”.
Diría también: “deben ser por tanto servidores de los hombres, no para secundar sus pasiones y para decir lo que les agrada; sino más bien para indicar el camino hacia su crecimiento humano, para que conociendo la verdad, se hagan más libres, más responsables, más maduros y el nuevo proyecto del hombre esté verdaderamente abierto a una visión integral de la persona, de la sociedad y de la historia”.
Pero no menos trascendente es el mensaje del Papa Francisco en vísperas de su visita a México, cuando el 2 de febrero de 2016 lanzó esa “atentan convocatoria”, y que sólo contados medios informativos difundieron.
“Escuchen bien, las habladurías: el terrorismo de las habladurías, porque quien habla mal es un terrorista. Es un terrorista dentro de la propia comunidad, porque lanza como una bomba la palabra contra esto, contra aquello, y luego se va tranquilo. !Destruye quien hace esto! Quien hace esto destruye como una bomba y él se aleja”, dijo luego: “Dominar la lengua es la virtud más difícil de lograr”, porque “las habladurías” van en contra de la ‘proximidad’, y equivale a “hacer la guerra”, enfatizó.
Algo parecido diría también David Noel Ramírez Padilla, quien estuvo por mucho tiempo al frente del Tec de Monterrey, a quien circunstancialmente le dimos la bienvenida a su llegada al auditorio del “Colegio Esperanza” para disertar su conferencia sobre el pago de la hipoteca social que también incluye a quienes están -o estamos- al frente de algún medio de comunicación, a quienes exhortó a:
“Que se comprometan a informar siempre la verdad, que internalicen que lo que lastima y daña a la sociedad no es que se diga la verdad, sino la manera en que se dice. No deben olvidar que ellos no solo son espejos del acontecer de la sociedad, sino moldes que contribuyen a fortalecerla o enfermarla. Que promuevan valores, no antivalores”.
“Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti”, destacó alguna vez el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900).